24 de junio de 2012

El espejo del Paraguay


Las constituciones latinoamericanas, con pocas excepciones, consagran la figura del “juicio político” como una de las piezas fundamentales del régimen democrático.
 El sistema republicano, que descansa en tres poderes que se chequean entre sí para evitar desbordamientos totalitarios de un presidente o de cualquiera de dichos poderes, tiene en el “juicio político” un buen escudo de protección.

Igual pasa con aquellos regímenes parlamentarios en los que el Congreso pide cuentas de su gestión a los gobernantes y ministros y le basta con presentar una moción de censura para sacar del cargo a un alto funcionario, o al gobierno completo cuando estos fallan.
 El “juicio político” acaba de aplicársele al presidente del Paraguay, Fernando Lugo, al que se le acusó de pésimo desempeño y otros cargos no penales, y el hecho de que el proceso fuera tan expedito ha suscitado un amplio rechazo de gobernantes de varios países, que estiman que la democracia paraguaya ha sido severamente herida.
Es curioso que, en el grupo de los que condenan este procedimiento a todas luces legal, aunque viciado por la prisa, figuren gobernantes que no son para nada democráticos pero que han tenido la suerte de estar fuera del alcance del “juicio político” porque conservan mayoría congresional para evitarlo, y que admirablemente se escudan bajo el disfraz de la democracia para degollarla todos los días.
 Richard Nixon y  Bill Clinton, en la historia reciente de Estados Unidos, fueron presidentes que estuvieron al tris del “impeachment” o juicio político en el Senado. El primero se libró de una humillante destitución porque renunció, y el otro fue absuelto porque los republicanos no contaban con los votos suficientes para defenestrarlo bajo la acusación de perjurio.
Lo del Paraguay es un buen espejo para hacer ver que la democracia siempre necesitará de estas piezas constitucionales fundamentales, como especies de “antivirus” para curarnos de aquellos presidentes amigos de lo ajeno o visiblemente incompetentes que, por alguna u otra razón se deslegitiman en su ejercicio, a pesar de haber sido elegidos por el voto popular.

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